Pasó un 24 de Marzo mas y en argentina recordamos con dolor aquel dia de 1976, como el comienzo el terror de estado. Hoy con la globalización encima no podemos ver ese acto con algo aislado del mundo, sino como parte de un plan de parte del nuevo imperio que desea “ordenar” manera tal de poder tener el control de todo.
El periodista Eduardo Aliverti, realizo una editorial en su programa Marca de Radio, y me parece excelente para compartir con DUs.
Puesto ante el preciso aniversario del golpe de Estado de hace 31 años, a la par de los cuatro transcurridos desde la invasión norteamericana a Irak, el periodista hurgó en su archivo y redescubrió lo escrito para esta misma fecha del 2003.
Como otras veces, el periodista se dice que no tiene que cambiar prácticamente ninguna línea; que, a lo sumo, deberá haber algún ligero esfuerzo del oyente o lector para “ubicarse” en la temporalidad del inicio e la cacería norteamericana; y que vale la pena repetir esas convicciones que en su momento, como en este momento, juntan los dos aniversarios. La Junta y Bagdad, Videla y Bush, los monstruos todos.
Henry Kissinger, a quien el escritor norteamericano Gore Vidal definió como el criminal de guerra suelto más peligroso del mundo, se los dijo a los militares argentinos. Fue a mediados de 1975, en el Chile del terror que Washington había financiado dos años atrás.
“Tienen todo nuestro apoyo pero lo que vayan a hacer háganlo rápido, porque van a asesinar a mucha gente”.
La frase está admitida en un sinnúmero de documentos y revelaciones, tanto de la época como de esos muchos años más tarde en los que la inteligencia estadounidense permite desclasificar los “papers” que, cinismo infinito mediante, corroboran sus crímenes.
Esa sentencia de Kissinger es un muy poco original disparador, de entre las decenas que podrían encontrarse, para aludir a la más espeluznante y poderosa de todas las garras que atraparon a los argentinos el 24 de marzo de 1976, o desde poco antes si se computa la Triple A.
La escala universal de la invasión yanqui a Irak no es una distancia tan enorme entre el 1976 argentino y el 2003 de Bagdad en carne viva, como para no apreciar que, 31 años después, y varias decenas atrás, y nadie sabe cuántas por delante, la humanidad tiene un enemigo común vestido de barras y estrellas.
La valorización financiera del capital en reemplazo de su fase productiva, que estuvo detrás de la masacre militar en Argentina, tuvo el mismo y espantoso sentido de petróleo que el holocausto iraquí.
Cada desaparecido argentino lo fue en nombre de la misma libertad que el gendarme del mundo le prometió y promete a las Mil y Una Noches.
Cada bebé secuestrado aquí llevó el sello de esa democracia de hamburguesas, tan rápidas como los bombardeos sobre el Tigris.
Cada descarga de 220 voltios en los úteros ocupados de los sótanos de la ESMA fue a propósito de no joder más con eso de la patria liberada, igual que cada muerto y mutilado de Irak lo es a favor de los millones de barriles de crudo que necesita la patria del Pato Donald para sostener su ritmo de vida.
Cada puesto industrial sacrificado en la Argentina de Videla, en el altar del libre comercio, es lo mismo que cada industria que reconstruirán o sueñan reconstruir las empresas yanquis, para ahogarse con los petrodólares iraquíes.
Cada basura importada gracias a Martínez de Hoz es análoga a lo que quieren que se consuma en Irak cuando algún día que hoy ya no se ve impongan la libertad del mercado, como único credo que los criminales norteamericanos imaginan medicinal contra la fe musulmana.
Cada Massera y cada Suárez Mason, igual que cada Somoza y cada Trujillo y cada Pinochet, que cada García Meza y cada Duvallier, que cada Stroessner, debería comerle los sesos a cada infeliz capaz de creer que cada misil contra Irak sólo persiguió sacar del medio a un dictador sanguinario.
Es imprescindible preguntarse cuántos y cuáles argentinos son concientes de que ese festival de bombas sin sangre al que se asistió frente a la señal de CNN es, nada más y nada menos, que la reproducción estratégica y pornográfica del titiritero que también comandó las acciones en Argentina hace 31 años.
Es obligatorio acordarse de que esos valores de la más repugnante cultura norteamericana, posados sobre cada iraquí masacrado, son otra eterna copia de aquellos occidentales y cristianos que los genocidas de por acá jugaron como símbolo mayor en cada discurso y en cada mesa de tortura.
Es insoportable no darse cuenta de que cuando se quiere ser parecido a ellos, a los yanquis, a su libertad, a su mercado, se compra todo el paquete y vienen en él los golpes de Estado y los bombardeos a mansalva, o los nuevos manejos de penetración, en cada lugar del mundo que sus intereses requieran.
Es tan necesario no caer en verbas nacionalistas baratas, a las que se puede ser propenso frente a un poder tan brutal y omnímodo, como levantar las banderas de una identidad propia y un proyecto autónomo: las mismas contra las que hace 31 años se sembró la Argentina de campos de concentración y las mismas contra las que hoy operan sus misiles y sus marines.
Tener presente el golpe de la Junta Militar y del departamento de Estado es, hoy, tan sencillo como encender el televisor y ver en cada llamarada bagdadí una de sus adaptaciones.
No hay rezo que sirva. Ni siquiera en pos de que se muerdan Bush y su imperio de nazis empetrolados de expansión territorial. Sólo sirve, jamás para que sea suficiente pero sí de primera necesidad, entender de una buena vez por todas quién es el enemigo, y quiénes sus cómplices y sus idiotas útiles.
MARCA DE RADIO, sábado 24 de marzo de 2007










Agradeceré la remisión del editorial de Marca de Radio emitido el pasado 31 de enero de 2009.
Saludos cordiales.